Siento como mi correo personal va camino de quedarse fuera de órbita. Es sólo una sensación. Su nombre me empieza a resultar un grito que se pierde en la lejanía. Todavía escucho su última letra e intento retenerla, porque es mi dirección de correo, la que uso desde hace mucho tiempo y desde no hace tanto un hacker que me debió de meter un troyano en mi ordenador o algo por el estilo y lanza desde él mensajes spam a mis contactos. No sé si me hubiera gustado que el apellido de mi correo fuera de una marca de verdad a la que poder pedir asistencia para eliminar ese problema. A lo mejor puedo y no ha conseguido que yo lo sepa.
Aunque es sólo una impresión, sirve de ejemplo de lo que está aconteciendo. Nos estamos acostumbrando a marcas que como Mister Marshall aparecen creando enormes expectativas y desaparecen sin que lleguemos a conocerlas. La razón es sencilla: hoy, con la era digital, la innovación ha vuelto a los productos. Y con notificar la novedad una vez resulta suficiente. El consumidor no necesita más para atender a la oferta. Pero esos productos mueren con demasiada celeridad o sin intentar entablar relación con sus usuarios. Y la verdad es que no nos duele demasiado que desaparezcan. Eso debería hacer pensar a este tipo de marcas.
Y vienen más, porque el terreno digital es increíblemente fértil y está sobradamente abonado. Además, hay predisposición en el usuario y en los medios de comunicación para que lleguen deslumbrantes novedades, las que sean y como sea. No estaría mal que además de ponerles nombres atractivos hicieran un poco más de comunicación corporativa, que se preocuparan de agradarle la vida al consumidor, de estar a su lado cuando les necesita, de establecer lazos con él; en definitiva, para que algo quede, ya no el producto, sino la marca.
Es momento de darle la bienvenida a muchas Mrs. Marca. Porque van a llegar como el agua, sin forma, insípidas, sólo para saciar nuestra sed de innovación, y van a pasar sin dejar rastro alguno, y sin poder detenerse.
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