martes, 5 de octubre de 2010

Un creativo se pega un puñetazo y se parte un diente

Había intentado ser a la vez director creativo, creativo, copy, jefe de producción, director de cuentas... Sabía que fallaba normalmente en los terrenos que no eran de su especialidad. Pero aquella vez no iba a cometer ningún error. Esta vez iba en serio, estaba cansado de que nada fuera como él quería, de que le quitaran el contacto con el cliente, de que acabara siendo un mero subordinado de ejecutivos/as "acaparapoderes". Así que asumió la dirección de cuentas sin escrúpulos, la producción ya se la había apropiado hacía tiempo. Todo iba perfecto, qué bien trabajaba en equipo consigo mismo. La información le llegaba bien depurada, más rápida que por internet, las soluciones las presentaba él, las correcciones antes de la presentación también las negociaba en reuniones de un sólo miembro. Hasta que un maldito día de acertadísima respuesta en casi toda la jornada cometió un error, envió un maldito correo cuando ya sus neuronas no daban más de sí. El contenido no era equivocado. El problema fueron las direcciones a las que lo envió. Era la respuesta de la respuesta de la respuesta de la respuesta, quién iba a acordarse de aquel comentario crítico en la primera de ellas, quién atinaría a pensar que el poseedor de aquella dirección escrita en el último instante no debía leerlo. Aún tuvo la capacidad de darse cuenta justo al pulsar el botón de envío, pero ya era tarde. Su carrera de hombre agencia había terminado. Y la de creativo también. Fue un puñetazo limpio, inconsciente y justo. Y el que lo recibió, a su entender, se lo merecía.

Es cierto, no tenemos más remedio que ser piezas de un engranaje. Simplemente piezas mecánicas que día tras día deben dar un resultado, el mismo resultado, por muy original y brillante que este sea.